Los Olmecas (18)  

 

        El Luchador, descubierto en 1933 en Uxpanapa, es una de las obras más célebres de la estatuaria Olmeca. Se trata de un retrato realista: el personaje usa barba y bigote; en cambio, tiene el cráneo rasurado y solo lleva un simple taparrabos. Los ojos como almendras, con párpados bien marcados, siguen el canon Olmeca, pero la nariz es recta y la boca fina. ¿Acaso se trate del retrato de un individuo (¿atleta?) que haya pertenecido a aquel componente étnico minoritario cuyo representante típico es el famoso “Tío Sam” de La Venta? La finura de los rasgos y de la barbilla, la ausencia de aquella capa adiposa que a menudo envuelve a los personajes Olmecas nos lleva a suponerlo. No se trata, en realidad de un luchador, sino de un jugador de pelota en plena acción. Sabemos, por las descripciones de aquel juego en la época azteca (ilachtli), que los jugadores se esforzaban por recibir la pelota con los codos para volver a lanzarla y a menudo tenían que arrojarse al suelo, en posición acurrucada, para interceptar aquella pesada esfera de caucho, el dinamismo de la expresión, la justeza y naturalidad de la posición de los miembros y de las manos de parte del artista de una maestría extraordinaria, al mismo tiempo que un conocimiento profundo de la anatomía.  

                 Más estilizada, de conformidad con la tradición Olmeca, pero de una fuerza asombrosa pese a sus dimensiones modestas, es la estatua de jadeita del Señor de las Limas. Tallada y cincelada en un solo bloque de piedra verde, la pieza es doble: un personaje sentado, con las piernas cruzadas, sostiene sobre sus antebrazos un “bebe” extendido. El hombre está representado de manera realista; su nariz es ligeramente curva, sus labios llenos. El niño es un bebe humano-felino, típicamente Olmeca con su nariz corta y su boca de jaguar. Dicho de otra manera, la escena tantas veces representada en la cara anterior de los “altares”, especialmente de La Venta, está aquí, fuera de su marca y representada por separado. Es evidente que el mito del bebé con rasgos de hombre y jaguar debió de ocupar un lugar central en la religión Olmeca. Aquí, el sacerdote -si se trata de un sacerdote- que presenta al niño, no tiene el rostro desgastado de la mayor parte de las demás esculturas del género. Así se puede distinguir claramente no solo sus rasgo, sino los tatuajes finamente tallados sobre su frente, sus mejillas y su nariz. El motivo dominante de esos grabados, cuya seguridad de trazo es asombrosa, es la representación de seres sobrenaturales, que en lo alto de la cabeza tienen una profunda indentación. Uno de ellos tiene cejas en forma de llamas. Una boca muy abierta y colmillos caracterizan a esos personajes. En cuanto al ”bebe”, también él tiene la frente marcada por una indentación; en el pecho y sobre el vientre lleva la Cruz de San Andrés, o motivo de bandas cruzadas, que se podría llamarla “cruz Olmeca” por lo muy frecuente de su representación.[14]  

                 En  El Mesón, Stirling (1943, pp. 28-29) descubrió una estela de cuatro metros de altura, derribada , sobre la que está esculpido un hombre de pie, con el rostro de perfil y el torso de frente. Lleva ornamentos de orejas y un alto peinado.

                 Un glifo está representado debajo de él. Este monolito es muy semejante al que se conoce con la apelación de “Estela Alvarado”, pero que probablemente proviene de un sitio en el interior de las tierras, quizás de Cerro de la Piedra. El personaje representado en esta estela de pie, con la cabeza coronada por un ornamento complejo, se halla frente a un individuo con las manos atadas, un cautivo, acurrucado a sus pies. Su boca, con el labio superior espeso y arqueado, evoca el estilo Olmeca. Sus pies reposan sobre una banda horizontal grabada con motivos que son comunes de un pequeño disco (¿la cifra 1?)  y una barra análoga a la barra inferior de la inscripción del Monumento E. de Tres Zapotes. Frente a él, encima del cautivo, quedan débiles rastros de una columna jeroglífica.

                 Resulta verosímil que haya sido muy utilizada la materia prima más abundante que los Olmecas tenían a la mano, la madera. Casas y santuarios de madera debían elevarse sobre plataformas, paneles y dinteles de madera esculpida adornaban sin duda los templos y las residencias de los dignatarios. Las lluvias y los insectos no han dejado un solo testimonio de este arte. Es sabido lo escasas que son las maderas esculpidas mayas, mucho menos antiguas que la floración Olmeca. El único objeto Olmeca de madera es una máscara encontrada en Guerrero, milagrosamente conservada en condiciones climáticas mas favorables.